LOS LABERINTOS DE LA INTELIGENCIA NACIONAL
Autor/a: Alberto Binder
Pocos campos de la vida social, política e institucional necesitan discusión pública, pero también esclarecimiento, como es todo lo relativo a los sistemas de inteligencia que utiliza el Estado. Entre falsos y verdaderos espías, conspiraciones imaginarias, operaciones no secretas sino poco claras, negocios entremezclados, financiamiento de la política, bandas que se apropiaron y se apropian de recursos estatales y una dirigencia política poco preparada que mira alternativamente este sector del Estado con miedo, fascinación e interés, es necesario desmitificar el laberinto de los sistemas de inteligencia como condición para un debate público sobre el rumbo que se debe tomar para reorganizarlo.
¿Necesita el Estado información de calidad para tomar decisiones? La respuesta afirmativa es obvia. Mucho más cuando el escenario mundial es volátil, se encuentra en transformación constante y acelerada y nuestro país debe fijar un rumbo, tomar decisiones estratégicas en sus relaciones comerciales con todo tipo de agentes internacionales. Por otra parte, también existen riesgos o peligros y amenazas concretas que deben ser detectadas lo más rápidamente posible. Hasta allí no parecieran existir mayores discusiones, salvo para aquéllos que directamente piensan que la producción de esa información no necesita que se cree un servicio de inteligencia, menos aún con la historia de nuestro país.
Estimo que sí es necesaria la existencia de ese sistema, pero no de cualquier modo y menos aún con un nivel de escasa profesionalización. En primer lugar debe existir un primer circuito de información de alta calidad, que ya se encuentra en el Estado y que no es necesario que pase por el servicio de inteligencia. Me explico: el proceso de toma de decisiones reclama siempre información accesible y accionable (es decir, que permite nutrir esas decisiones) disponible y de acceso oportuno por parte de los decisores. En general, si no existe este piso de información la información de mayor calidad se pierde, se distorsiona, se manipula. Por lo tanto, el primer paso no es propio del sistema de inteligencia sino del sistema de información ordinario del Estado.
Aquí tenemos muchos problemas que resolver: 1) clarificar los circuitos de producción de información del Estado; 2) establecer un mecanismo de fusión de esos datos, que facilite la recuperación actualizada; 3) determinar quién es el encargado de producir informes útiles, tanto a requerimiento como de un modo permanente; 4) analizar los niveles de reserva legalmente admisibles y lo que está a disposición permanente del público. Ninguna de estas actividades es propia del sistema de inteligencia, aunque pueda tener una gran influencia sobre su eficacia.
Por esta razón, la última -y nuevamente ilegal reforma por decreto al sistema de inteligencia- ha buscado, con nombres rimbombantes y antiguos, hablar de una comunidad de información, distinta de la que es propia de la inteligencia. Pareciera que este mecanismo y centro de fusión y administración de datos es una atribución propia de la Jefatura de Gabinete, bajo el control de la Agencia de Acceso a la Información Pública (AAIP).
Si nos adentramos a la producción de información, es decir, a su recolección, sistematización, análisis y producción de reportes, propia del sistema de inteligencia, es necesario realizar una segunda clarificación: Una es la producción de información sobre posibilidades, situaciones, características, movimientos e ideas que fluyen en el entorno internacional donde debe actuar nuestro país y, algo muy distinta, es la producción de información sobre riesgos y amenazas. Por ejemplo, conocer cuáles son los planes de desarrollo o las estrategias internacionales de las superpotencias o las potencias medianas, o nuestros países vecinos, es una información útil, no sólo para las relaciones internacionales, sino para tomar decisiones internas en el plano económico, demográfico, y de diversas políticas públicas.
Esta información necesita un alto grado de especialización y por ello todos los sistemas de inteligencia del mundo se conectan con los organismos de investigación científica, con los centros de estudios académicos, etc., para utilizar la información que ya produce el país o para aprovechas las redes internacionales que comparten esa información. Saber, por ejemplo, el derrotero de las relaciones entre China y Estados Unidos es muy útil para el diseño de nuestras políticas públicas de una manera sólidamente basada en evidencia científica o en opiniones especializadas. Aquí es una zona de frontera entre el sistema ordinario de investigación del país, y los centros de análisis propios del sistema de inteligencia, pero nada más alejado de una lógica de secretismo y espionaje. Este segundo escalón de trabajo es esencial para un circuito de información de calidad y aquí el Sistema de Inteligencia produce una articulación entre la información del Estado y el producido con especialidad por instituciones no estatales o autónomas como las universidades. La creación de un sistema de subsidios para temas de interés o la orientación del sistema nacional de investigaciones científicas hacia áreas de vacancia, es el método que se utiliza en esta dimensión.
Algo distinto es la producción de información sobre riesgos y amenazas. El mundo moderno se caracteriza por la complejidad y extensión de estas amenazas, producto de organizaciones no estatales, paraestatales, del avance de la tecnología de intrusión y otro sinnúmero de nuevas herramientas que pueden causar daños a los bienes nacionales más importantes como la infraestructura, la tranquilidad pública, el orden democrático, la economía, etc. La forma de producción de información sobre riesgos y amenazas es múltiple, y aquí sí necesitamos un trabajo planificado del Sistema de Inteligencia. Ello no significa necesariamente espías o inteligencia humana, pero no debe ser descartada, según la gravedad, cercanía o inminencia del riesgo.
Dos elementos son cruciales, en mi opinión:
1) mantener un contacto fluido con otros Sistemas de Inteligencia que están realizando este mismo trabajo, ya que es muy posible que no sean muchos los riesgos que puede sufrir nuestro país que no estén dirigidos a otros países o ya los hayan soportado: compartir y sistematizar esta experiencia es clave en este punto. Para ello existen programas de trabajo en conjunto, convenios específicos, etc.
2) Construir un muy eficaz sistema de alertas tempranas. La herramienta central de un buen sistema de inteligencia es la producción de estas alertas, bien fundadas y precisas. Esa es la razón por la que se quiere alejar a los sistemas de inteligencia de los trabajos policiales, de investigación criminal, judicial, etc. Ello es así porque la producción de alertas temprana es la clave del funcionamiento de un sistema de inteligencia. Ahora bien, un sistema de alertas tiene un emisor, un circuito de transmisión (confiable, secreto, etc.) y un receptor, con capacidad de acción.
Este es un punto central en los actuales laberintos. Supongamos que el emisor (analista, agente de campo, responsable de grupos, etc.) esté establecido y tenga buenos protocolos para producir alertas de calidad. Supongamos, también que el circuito de transmisión es seguro y confiable, el problema principal es la configuración del receptor con capacidad de decisión. Esto parece sencillo pero no lo es.
Se podría decir que alcanza con mantener informado al presidente y que sea él quien ponga en movimiento las acciones institucionales que se derivan de la alerta, pero ello, si bien es indispensable (mantenerlo informado) no siempre alcanza para la eficacia y la rapidez de las respuestas necesarias. Por ejemplo, supongamos que hemos obtenido información de calidad de que una organización terrorista internacional piensa construir una base de operaciones en algún lugar del territorio y ello se producirá con la connivencia de algún actor nacional (por ejemplo, el intendente de un municipio pequeño, que no tiene clara conciencia de lo que está ocurriendo, pero actúa en razón de corrupción o por cualquier motivo). Es indispensable tomar decisiones, acerca de si se optará neutralizar esa acción o mantenerla bajo control y mejorar el circuito de producción de información. ¿Debe llegar esa información al Presidente o a los organismos policiales que tienen unidades antiterroristas? No creo tener una respuesta única, aunque me inclino hacia un modelo dual, donde el Presidente siempre estará informado pero en paralelo lo están quienes deben tomar las decisiones inmediatas.
La falta de claridad sobre estos receptores con capacidad de acción ha llevado a una permanente distorsión de las funciones del sistema de inteligencia, que pretende realizar actividades policiales, de investigación criminal o de actuación judicial, generalmente mal hechas, o aprovechando las deficiencias del sistema y abriendo la puerta a operaciones ilegales, corrupción, etc. La eficacia del sistema de alertas tempranas y de calidad depende de que no se utilice la lógica policial o judicial, pero que también se clarifiquen las funciones de quienes deben tomar acciones a partir de esas alertas. La burocratización de nuestros sistemas policiales y de investigación, la porosidad de sus sistemas de información, cuando no su corrupción ha desesperado al sistema de inteligencia, pero no ha encontrado un camino sano para reparar esas deficiencias. Por ejemplo, no logramos desde hace décadas construir un sistema policial de investigaciones moderno, como nos va costando un enorme esfuerzo construir un sistema de investigaciones fiscales eficaz y no burocratizado.
El sistema de inteligencia -y lo vemos en las últimas reformas ilegales por decreto- insiste en un concepto que, en mi opinión, es antiguo o, al menos, poco productivo. Es la idea de comunidad de inteligencia. No olvidemos que la creación de sistemas de inteligencia no tiene tan larga data y siempre les ha costado a esos organismos insertarse adecuadamente en el sistema institucional vinculado a su trabajo.
En todos los países. La proliferación, por especialización, de diversos organismos y la toma de conciencia por parte de la dirigencia política de que era muy fácil la autonomización y la pérdida de control, siempre han generado un problema de poder, autoridad, legitimidad y confianza a todos los sistemas de inteligencia del mundo. El concepto de comunidad de inteligencia hay que entenderlo en esa realidad, que persiste, pero que también ha mutado. Se ha utilizado para dar esa pelea de poder, a veces legítima, a veces exagerada, otras tantas abusiva. Creo, por lo tanto, que ya no es necesario ni conveniente utilizar la idea de comunidad de inteligencia que, en nuestro país, ha servido más para la transferencia de corrupciones, abusos e ineficacia burocrática, que para resolver los problemas de coordinación, articulación y flujos interinstitucionales que son los verdaderamente importantes.
Asistimos hoy a una fragmentación de los órganos de inteligencia que (sumado a la complejidad de la producción de información del primer nivel del que ya hemos hablado al inicio) que es ineludible crear y mantener un sistema, pero ya es imposible construir un orden de inteligencia, que actúe bajo la rectoría de uno de los órganos, por ejemplo la AFI o la SIDE. Orden no, sistema sí; el sistema de inteligencia que consolide las relaciones de intercambio, planificación articulada y coordinación es una condición central de la eficacia. Mantener la idea de “comunidad de inteligencia” oculta los problemas, no los soluciona. De esto surge la necesidad de diferenciar el manejo técnico del sistema (director de la AFI/SIDE, del manejo y articulación político/institucional del sistema (Asesor Nacional de Inteligencia o un cargo similar que hoy no existe). El juego entre el “Señor 5 y el 8” que expresa esta doble necesidad es hoy ya una parodia.
Una de las consecuencias más importante de la ruptura de la falsa idea de comunidad de inteligencia consiste en reconocer la autonomía y especificidad de la inteligencia militar y de la inteligencia criminal. La primera, la que tiene la más antigua tradición, responde a parámetros propios y complejos, donde no se abandona la idea de alertas, pero nace el eje de planificación y aprendizaje o de elaboración de la doctrina militar de un modo mucho más fuerte.
Podemos discutir si nuestro país necesita tener Fuerzas Armadas o de qué tipo, pero si las tenemos carece de sentido dejar que se vuelvan obsoletas, en particular porque son instituciones muy caras. La guerra moderna, incluso la que vemos casi cotidianamente transmitida por medios de comunicación, evoluciona rápidamente en base a una tecnología que cambia las reglas. ¿Es posible planificar nuestra defensa sin tener claridad sobre esa evolución? Imposible. ¿Es posible construir un modelo de defensa que no tenga en cuenta o utilice las grandes innovaciones tecnológicas? Imposible. La llamada “guerra híbrida”, precisamente por ser híbrida es multiforme y reclama un nivel de articulación con otros sectores del Estado que antes no era tan necesario.
Por ejemplo, los ciberataques a la tecnología del manejo de la infraestructura eléctrica, es una forma más efectiva de vulnerar a una nación, pero ello no significa que le corresponda a las Fuerzas Armadas monitoreo y construir la fortaleza de nuestros sistemas informáticos, necesidad urgente que permitirá una mejor defensa, pero nada tiene que ver ni con el sistema de inteligencia nacional ni con el militar. Sin una buena inteligencia militar no hay posibilidad de una modernización y adaptación permanente de nuestras fuerzas armadas, pero ella nada tiene que ver con el concepto de comunidad de inteligencia.
Distinto, pero análogo, es el problema de la inteligencia criminal. La prevención policial de alta magnitud (por ejemplo, respecto de la expansión del mercado ilegal de drogas de todo tipo) y las investigaciones relativas a organizaciones criminales estables y poderosas, reclama un trabajo basado en la inteligencia criminal. Para ello se necesita buenas bases de información -de todos los sectores del Estado, buenos detectives, buenos técnicos forenses, buena planificación, sistemas de información estables y confiables, buenas reglas de confidencialidad y compartimiento de las investigaciones. En nuestro país federal, además, se necesita una coordinación policial y con los fiscales compleja, que también reclama modernizar el Consejo Federal de Seguridad y la Ley de Seguridad Interior. La especialización policial en inteligencia y los fiscales que saben utilizar esa información, sin pretender judicializarla como prueba (lo que genera enormes problemas o la falta de un manejo adecuado de la confidencialidad, pueden hacer fracasar investigaciones complejas, de las cuales depende una buena prevención o una buena respuesta penal. Todo este sistema policial, que viene sin control y sin planificación desde hace décadas, merece hoy una mirada especializada y profunda. Esto es particularmente importante porque la inteligencia criminal trabaja, finalmente, en el espacio nacional y sus posibles distorsiones o utilizaciones políticas han sido muy grande. Toda la dimensión de la inteligencia criminal, estrechamente vinculada a la planificación de la prevención policial, la existencia de buenas policías de investigaciones y de fiscalía modernizadas y no burocráticas, es un campo en el que hemos avanzado algo, pero de un modo muy lento y tortuoso. Las formas de criminalidad avanzan y planifican mucho más rápido y eficazmente que las instituciones policiales y fiscales.
Resta hablar, en esta breve nota, que busca quitarle complejidad a un tema que siempre busca hablar con jergas antiguas y palabras militaroides sin mayor sentido, o con el lenguaje viejo de los espías de televisión, del problema del control. Existen tres tipos de control: el interno, que en las reformas ha quedado resaltado con una inspectoría interna; el judicial, para actos concretos y, el más importante, el parlamentario. Nuestra Comisión Bicameral de Inteligencia no ha cumplido históricamente un papel importante de control porque ha respondido a una repartija de facciones orientadas a cuidar la espalda al sistema, antes que realizar un buen control. Incluso, en los últimos dos años, en los que la Comisión Bicameral fue presidida y contó con mayoría opositora, no pude o no quiso ejercer un control profundo, en gran parte desorientada porque ingresaron nuevos actores al sistema con las viejas ganas de rearmar redes ilegales y prácticas ya conocidas, de las que distorsionaron gravemente el sistema de inteligencia, dejando que pululen los operadores independientes, los operadores judiciales y otras figuras repudiables. Es indispensable en un sistema democrático que nos tomemos mucho más en serio el funcionamiento de la Comisión Bicameral de Control. No quiero terminar sin llamar la atención al control ciudadano que, en los últimos años ha generado una plataforma de acción (ICSSI) que trata de poner en estado público todos los problemas del desarrollo y accionar de todas las agencias del sistema de inteligencia. Incluso hemos podido diseñar un proyecto de ley para ponerle nuevas bases a nuestro sistema, que puede ser consultado en la página web de esa plataforma de trabajo. Valgan estas notas, pues, para hacer una pequeña contribución a un tema de gran envergadura, en el que se juega la precisión de las decisiones de políticas públicas, pero también el riesgo de que un uso desmedido, abusivo o descontrolado ponga en riesgo libertades públicas centrales. La demagogia, el oportunismo o la desidia, en este tema en particular, se paga muy caro.