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Editorial Boletín Nº 10 PDF Imprimir E-Mail
miércoles, 01 de abril de 2009

La nueva lógica de conflictividad en materia de seguridad en los espectáculos futbolísticos masivos

por Gustavo Saín


  • 15-03-09: partidarios de Argentinos Juniors y Racing se enfrentaron dejando un saldo de 114 detenidos.
  • 15-03-09: miembros de la hinchada de Boca Juniors se enfrentaron en la zona del Parque Lezama. Seis detenidos. 
  • 16-03-09: el partido entre Deportivo Merlo y Morón debió suspenderse a los 12 minutos de la primera parte por un enfrentamiento entre dos sectores de la barra local.
  • 17-03-09: hinchas de Defensores Unidos atacaran el ómnibus de los jugadores del equipo de Villa Dálmine.
  • 04-04-09: grupos antagónicos de la barra de Gimnasia y Esgrima de Jujuy se enfrentaron antes y durante el partido con Tigre. Un herido de bala y dos de arma blanca.

  Hace años, los torneos nacionales de fútbol en la República Argentina eran sinónimo de alta profesionalidad y competitividad deportiva. Cada domingo, la gente concurría a los estadios con la esperanza de ver ganar a su club, al que acompañaba por el lazo sentimental y afectivo que lo unía al mismo. La identificación de un hincha con un equipo de fútbol se daba por la cercanía barrial, el buen juego o simplemente por herencia familiar. Con la llegada de la televisión al mundo del fútbol, la situación cambió radicalmente. Los contratos de los grandes jugadores se hacen en miles y millones de dólares, los torneos profesionales llevan el nombre de grandes empresas y los clubes pasaron a ser grandes gestores para las transferencias y pases de sus jugadores.

 
  Durante mucho tiempo la mayoría de los hechos de violencia relacionados con este deporte encontraban su explicación por la llamada “cultura del aguante”, donde los enfrentamientos entre hinchadas rivales estaban motivados por la defensa del honor, los colores de la camiseta o el barrio, o simplemente por el simple deseo de establecer una identidad mediante el uso de la fuerza. Hoy esta lógica parece transformarse. La mayoría de los ejes conflictivos que motivan actos violentos alrededor del negocio del fútbol poseen una motivación fundamentalmente económica, lo que genera duros enfrentamientos entre grupos por ocupar espacios de poder dentro de las instituciones deportivas.

 

  ¿Cuáles son las principales fuentes de financiamiento de estos grupos? Sin dudas, los principales beneficios y prebendas de estos grupos provienen de ingresos vinculados a la realización de los espectáculos deportivos y negocios administrados por las instituciones deportivas. Así, la mayoría de los ingresos de las llamadas barras bravas provienen de la venta y reventa de entradas, la administración de los estacionamientos y zonas aledañas a los estadios, los puestos de venta de comestibles e indumentaria deportiva oficial, porcentajes de las transferencias de los jugadores, cargos dentro de los clubes y puestos de  control para el ingreso de personas en la realización de espectáculos musicales en los estadios, entre otros.

 

  En este contexto, el rol de los organismos del Estado integrantes del sistema de seguridad en los espectáculos futbolísticos debe estar centralizado prioritariamente en la investigación acerca de las vinculaciones entre estos grupos violentos con las instituciones deportivas que promueven este tipo de actividades indebidas o ilícitas. Asimismo, se debe examinar la responsabilidad en materia de seguridad que le cabe a las asociaciones de fútbol en tanto entidades civiles organizadoras de los torneos, tanto así como las sanciones administradas a las instituciones deportivas afiliadas como responsables civiles de la vida e integridad de las personas en la realización de espectáculos futbolísticos masivos.
 
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viernes, 13 de marzo de 2009

La seguridad en un año electoral

Por Fernando Azcoaga - Director Ejecutivo del ILSED


Como suele ocurrir desde hace un tiempo demasiado prolongado, la “cuestión de la seguridad” se ha instalado en la agenda pública como uno de los ejes polémicos del año electoral. Y, como también sucede con frecuencia, lo que se percibe es la generación de un “clima atemorizante” por parte de los medios de comunicación masiva, el abuso de discursos tremendistas y alarmantes en boca de muchos dirigentes, el recurso a los gastados argumentos autoritarios que propician la “mano dura”, el aumento de penas, la baja de la edad de imputabilidad… y, por fin, la instauración de la pena de muerte en discursos mediáticos de figuras públicas (Susana Giménez, Guillermo Cóppola, Marcelo Tinelli).  

 

 

 

El primer efecto palpable que produce este “pseudo debate” es el incremento de la alarma y la sensación de inseguridad de todos los ciudadanos –especialmente de los sectores medios-, la pérdida de toda medida objetiva de la dimensión de los problemas que efectivamente existen, y sobre todo, el derroche de otra oportunidad de lograr un consenso básico –indispensable- para encarar soluciones eficientes y efectivas.

 

 

 

Y esta es la verdadera y eminente “emergencia” en materia de políticas de prevención del delito, ya que la situación real – en términos comparativos desde el punto de vista criminológico- es mucho mejor que en el promedio del resto de los países latinoamericanos y aún que algunos de los países que se suelen tomar como “modelo” a la hora de improvisar supuestas “sabidurías” en la materia.

 

 

 

Buena parte de lo que se suele enumerar como “problemas” de seguridad deviene de la actitud reactiva, zigzagueante -cuando no de abandono liso y llano- que han tenido los gobiernos democráticos desde hace 25 años en esta materia, y de los efectos reales de las políticas económicas y sociales que se implantaron como la “panacea” neoliberal.

 

 

 

Esa actitud ha esterilizado numerosos esfuerzos realizados -aunque de manera parcial- que no han logrado sostenerse en el tiempo; que tampoco consiguieron una verdadera articulación entre los diversos niveles de gobierno (nacional, provincial y municipal) y entre las políticas de prevención social, situacional, los cambios en la cultura de las instituciones policiales y las mejoras sustantivas en el régimen penal y de ejecución de las condenas.

 

 

 

No puede quedar fuera de esta enumeración la progresiva irresponsabilidad de los medios de comunicación frente a una realidad de la cual pareciera que no se sienten parte, y en la que se reservan sólo el papel de acusadores profesionales. La realidad es que, desde que la inundación “noticiosa” de los episodios luctuosos se convirtió en un excelente negocio, pareciera haberse perdido toda mesura y todo interés por informar, explicar y ayudar a comprender. Ni hablar de contribuir a mejorar una situación que pareciera beneficiarlos más a medida que se agrava.

 

 

 

Frente a este panorama desalentador, el ILSED ha destacado y apoyado las evaluaciones del Dr. Raúl Zaffaroni por su sensatez y mesura, y por la abundancia de ideas sensatas que debieran ser mejor oídas en este debate electoral.

 

 

 

Asimismo nos proponemos continuar en la línea de esfuerzos que hemos venido promoviendo desde el inicio, ofreciéndonos como un ámbito facilitador de un debate sereno y reflexivo de las políticas de seguridad donde han tenido cabida todas las opiniones e ideas democráticas de la seguridad pública democrática. También continuar con las actividades de formación de expertos en los diversos campos de las políticas públicas vinculadas a la problemática y el acompañamiento de numerosas experiencias prácticas que se desarrollan en municipios y provincias, y también en el orden nacional.

 
¿Cómo no volarnos la cabeza? PDF Imprimir E-Mail
viernes, 06 de marzo de 2009

por Carola Concaro- Investigadora del ILSED


A menudo, más de uno nos debemos preguntar cómo bajar, como “parar la pelota”, como no sumarnos a la histeria y ansiedad colectiva. Poca gente, quizás, tenga tiempo para reflexionar sobre esto. Todos trabajamos para comer, otros para vivir, otros para hacer vivir a los suyos. Todos lo hacemos en un mundo veloz, injusto, en condiciones desiguales y cortos horizontes. Todos sufrimos, en diferentes grados y realidades, de los mismos males: el tarifazo de fin de mes o el escaso acceso a los servicios públicos, el calidad del colegio de los chicos o la inexistencia de caminos para llegar a comer a la escuela,  la imposibilidad de proyectarse profesionalmente en el país o la falta de seguridad social de un salario que nos permite solamente consumir, la cada vez más cara e ineficaz privatización de los servicios públicos al alcance de un sector desesperado por garantizarse algo de la tranquilidad que el bolsillo pueda comprar. Entonces, lo que queda de alguna clase media consume el country más seguro, le pone alarma al auto y a la casa y, en todo caso, si todo eso no funciona, mejor estar preparados, el .22 en el armario puede ser el último recurso porque, no seamos ingenuos, no vivimos en una sociedad poco violenta y la gente está muy mal… 

 

¿Cuántos de nosotros no hemos caído en la cuenta de que un armario no es para guardar armas?, ¿cuántos no comprendimos que un arma en casa no contiene la desesperación de los desesperados?, ¿cuántos no entendimos que no se puede construir matando al que mata?, ¿cuántos no advertimos que la legítima defensa no es una situación generalizable?, ¿cuántos creímos que la tenencia de un arma de fuego nos puede defender del vecino de toda una vida, ese que se transformó en un riesgo porque, bueno, quizás nos hayamos olvidado por qué?, ¿quién le puede poner cara a ese riesgo omnipresente a morir en cualquier esquina, en cualquier momento y bajo cualquier circunstancia?

 

Hay respuestas y datos. La verdadera cara de la tragedia es la que no se pudo prevenir cuando era absolutamente evitable. Un arma de fuego en casa es el principal riesgo para la salud y socialización de la familia, del vecino y del barrio –o nos olvidamos de aquella familia extendida a la vereda, que todos nos jactamos de extrañar pero nadie se anima a invocar?

 

Desde el año 1997 al 2005, 31.043 personas murieron en Argentina por armas de fuego, en homicidios, suicidios y accidentes. Esto significa que 9 personas murieron por día.

 

En el año 2004, murieron más personas en accidentes y suicidios con armas de fuego que en homicidios. Las heridas causadas por arma de fuego son la segunda causa de muerte en Argentina. Para el año 2005, se registró un total de 2628 muertes por arma de fuego, 219 muertes por mes, 7 muertes por día en Argentina (1).

 

Los hombres jóvenes son las principales víctimas.

 

El 50% de los homicidios con armas de fuego se han cometido sin que se produzca ningún otro tipo de delito (2). El 27,2% de los homicidios, accidentes o suicidios ocasionados con armas de fuego ocurren en la vivienda (3). El uso de armas de fuego en los conflictos de pareja, aumenta la posibilidad de muerte 12 veces en relación con otras formas de violencia (4). Hay 1 muerto y 2 heridos por arma de fuego, por día, en ocasión de conflictos interpersonales. En pocas palabras, 360 personas al año fueron víctimas de una discusión trivial que terminó en tragedia (5). El 65% de las muertes por arma de fuego ocurren en accidentes, suicidios y conflictos (6).

 

Muchos sí entendimos que un arma en casa es un problema. El Plan Nacional de Entrega Voluntaria de Armas de Fuego sirvió de referéndum revocatorio de una situación generalizada de descreimiento de alternativas sociales de resolución no violenta para prevenir y disminuir riesgos: se recibieron 104.782 armas y aproximadamente 747 MIL municiones en 380 días hábiles. Un arma menos es una vida más.


(1) Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación Informe de Muertes por Causas Externas del año 2005.
(2)
Dirección Nacional de Política Criminal, Sistema de Alerta Temprana, homicidios dolosos con armas de fuego, 2005.
(3)
Encuesta Nacional de Factores de Riesgo, Argentina 2005 (informe de resultados).
(4) Kit Informativo IANSA, 2006.
(5)
Base de datos de conflictos interpersonales, Red Argentina para el Desarme.
(6) Op.Cit. Dirección de Estadísticas del Ministerio de Salud de la Nación.

 

 

 
Los primeros indicios de la Policía Metropolitana: pacto y patota pero bien vestidos PDF Imprimir E-Mail
jueves, 04 de diciembre de 2008

 Por Gonzalo Grande- Investigador del ILSED



Más que interesante resulta ser el uso que viene haciendo la gestión de Mauricio Macri del poder de policía que posee como titular del Poder Ejecutivo de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Sobre todo teniendo en cuenta la potencial utilización que se hará de la nueva Policía Metropolitana, cuya puesta en marcha se está comenzando a gestar en estos días.

A raíz del Decreto 1232/08, publicado en los últimos días de octubre, el Gobierno de la Ciudad creó, en el ámbito de la Subsecretaría de Espacio Público, la “Unidad de Control del Espacio Público – UCEP”.

En la continuidad de los nombramientos imprescindibles para seguir con la impronta de Management exitoso del sector privado, a cargo de la UCEP se nombró a Fabián Jorge Rodríguez Simón procesado por la quiebra fraudulenta del Banco Medefín, en la que el grupo SOCMA recibió privilegios al momento de la liquidación de los activos de la empresa (cuya causa estaba a cargo del ex fiscal, hoy Ministro de Seguridad porteño Montenegro).

Entre las diversas funciones relacionadas con el mantenimiento del orden en el espacio público se le otorgaron las de “controlar y ejecutar el retiro de infraestructura instalada en el espacio público no ajustada a la normativa vigente, mantener el espacio público libre de usurpadores por vía de la persuasión y la difusión de la normativa vigente y las sanciones correspondientes, colaborar operativamente con el Poder Judicial de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires en desalojos del espacio público, y colaborar operativamente en el decomiso y secuestro de mercadería de vendedores ilegalesen el espacio público”.

A los pocos días de creada la UCEP, se difundieron los particulares métodos que sus operadores aplican para cumplir con sus objetivos. Este grupo de tareas “logró limpiar” (según los propios funcionarios del sector) de manera casi total las plazas porteñas de intrusos carentes de vivienda. Para esto recurrió de manera sistemática a una variedad particular de técnicas “persuasivas y disuasivas”, que le han valido hasta la fecha varias denuncias por una cantidad de abusos y maltratos físicos y psíquicos en sus operativos.

Con esta impronta tanto en los funcionarios a cargo como en su funcionamiento, no resulta tan extraña la delegación del diseño y organización de la nueva Policía Metropolitana en Jorge “el fino” Palacios y sus secuaces de gatillo fácil y mano hábil para el manejo de las cajas provenientes de la recaudación ilegal y dura para los pobres y la protesta social. En esta avanzada, tampoco es de extrañar la reducción para el año próximo del presupuesto para la Dirección de Prevención del Delito.

Si bien resulta obvio, a estas alturas, que la mejora de la situación de seguridad en Buenos Aires no vendrá de la mano de esta reedición del pacto -entre policías y políticos corruptos- para garantizar la impunidad de la criminalidad organizada a través del recrudecimiento de la violencia y persecución de los sectores más pobres, no pareciera ser esta la impresión del Gobierno de la Ciudad.

Es de esperar que, ya develados algunos de los interrogantes que el marketing oculta, al masivo aval de la Legislatura porteña a un esquema institucional con mucha policía y poca gestión política de la seguridad le siga un control parlamentario activo y eficiente sobre el accionar de todo el dispositivo institucional que administra la fuerza en la territorio de la Ciudad de Buenos Aires.

 
Otra vez, la Provincia de Buenos Aires PDF Imprimir E-Mail
lunes, 17 de noviembre de 2008
Por Carina Müller- ILSED

Las declaraciones y acciones del gobierno bonaerense frente a los últimos hechos violentos ocurridos en la provincia en las últimas semanas, aparecen casi como una réplica de los dichos y actuaciones de otros dirigentes ante otros hechos similares, en otros momentos, en esta misma provincia o en otras. Pareciera haber una “sobreactuación de la reacción” frente a hechos que nadie niega como terribles y horrorosos pero que, desde la responsabilidad de una gestión política, deben ser analizados integralmente y puestos en perspectiva de una política de Estado.

Generalmente, “la reacción” pone énfasis en algunas de estas cinco cuestiones: bajar la edad de imputabilidad; subir las penas para ciertos tipos de delitos hasta el extremo de poner el debate “la pena de muerte”; discutir y en algunos de los casos implementar [1] la militarización de algunas de las zonas de la provincia a través de operativos de saturación; el mal funcionamiento, por lerdo, y en algunos casos por “garantista” del sistema de justicia; otorgar más recursos (patrulleros, más y mejores armas, etcétera) a la institución policial sin un plan de acción estratégico que guíe la utilización de dichos recursos.


Ahora bien, se ha avanzado en varias oportunidades sobre la implementación de acciones tendientes a desarrollar este tipo de soluciones para dar respuesta al problema de la inseguridad. El estado de la seguridad de nuestras ciudades no parece haberse modificado para bien y existen estudios que demuestran que este tipo de soluciones no logran revertir la situación, sobre todo pensando en el mediano y largo plazo y no en períodos de gestión al frente de un gobierno. Además muchas de ellas son altamente cuestionables por la inequidad que generan y los derechos fundamentales que se violan en su aplicación. 


Sin embargo, en esta oportunidad, así como en la última campaña a cargos ejecutivos tanto a nivel nacional, provincial como en el distrito de Capital Federal comenzaron a aparecer algunas referencias a otros tipos de soluciones frente al problema de la inseguridad. Y, Scioli viajó a Medellín junto con su Ministro de Seguridad para ver y aprender cómo se puede trabajar desde la prevención: iluminando calles, recuperando espacio público, generando oportunidades de trabajo efectivo para jóvenes.


Cuidado. Son varias las experiencias que se desarrollaron, incluso en y desde la provincia de Buenos Aires, proponiendo modelos de prevención social del delito y la violencia para la generación de oportunidades de inclusión [2]. Seguramente las mismas pueden ser consideradas “precarias” en su alcance porque nunca se les otorgó suficiente presupuesto o importancia, pero aún así fueron serias y profundas en cuanto a los modelos que propusieron y a los resultados que obtuvieron. No era necesario viajar a Medellín, - como tampoco lo era viajar a Nueva York para copiar “Tolerancia Cero” -, había que mirar un poco al asumir para ver qué se estaba haciendo en este sentido para que logremos de una vez por todas diseñar y sostener políticas de Estado que no tienen resultados en el corto plazo pero es necesario sustentarlas, profundizarlas, entonces ahí si viajar a Colombia y dialogar para seguir aprendiendo, ellos y nosotros. De lo contrario, la prevención del delito en tanto promoción de la inclusión será sólo parte de la “sobreactuación de la reacción”, y la tragedia será recurrente y eterna, tanto para los que son víctimas de los hechos delictuosos como también, - centralmente - para los que viven de generación en generación en la exclusión más profunda. 




[1] La experiencia mas cercana a estos tiempos fueron los denominados “operativos de saturación” a fines de noviembre de 2003, decisión de la Mesa de Seguridad Metropolitana integrada por la Secretaría de Seguridad del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de la Nación – Gestión Beliz y el Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires – Gestión Rivara. Dichos operativos se realizaron en “La Cava” la fuerza nacional encargada fue la Prefectura, Barrio Ejército de Los Andes (Fuerte Apache) operativo a cargo de Gendarmería y Barrio Carlos Gardel operativo a cargo de la misma policía bonaerense. El operativo estaba programado para durar un mes, duró años.

[2] Programa de Respuestas Múltiples del Ministerio de Seguridad de la Provincia de Buenos Aires (2005), Programa Comunidades Vulnerables del Ministerio de Justicia, Seguridad y Derechos Humanos de Nación (2002), Estrategia de Prevención Social con Jóvenes de la Dirección de Políticas de Seguridad y Prevención del Delito de la Ciudad de Buenos Aires (2002); son algunos de ellos.



 

 
 
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